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Carlos L. Escudero
Estudió cine y televisión en la Escuela Provincial de Cine y Televisión de Rosario, perfeccionándose en guión con el cineasta José Antonio Martínez Suárez. Actualmente colabora en la Cátedra de Metafísica de la Carrera de Filosofía (Facultad de Humanidades y Artes - Universidad Nacional de Rosario) y en el CEFAL (Centro de Estudios Filosóficos en Argentina y Latinoamérica). Contacto: escuderosanchez@gmail.com
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miércoles 2 de septiembre de 2009

Abismo


Abismo
Necesitamos una base racional para nuestras vidas pero somos incapaces de conseguirla y, por ello, nuestra existencia es pasión inútil.
Estás frente a una decisión, te sientes agobiada y paralizada.
Somos seres que crean su propio mundo al rebelarse contra la autoridad y aceptar la responsabilidad personal de sus acciones, sin el respaldo ni el auxilio de la sociedad, la moral tradicional o la fe religiosa.
Quiero ayudarte, me preguntas si tengo fórmulas mágicas; nadie las tiene, no las tengo.

Estás frente al abismo.
Estoy a pocos pasos de ti, pero los suficientes para que no pueda impedir que te dirijas más allá; sólo puedo hablarte, suplicarte, gritarte; pero has decidido no escuchar, me oyes pero no quieres sentirme.
No quieres comprender que la percepción de una situación por parte de alguien que está involucrado en ella es más elevada que la del observador indiferente, objetivo.
Aquí creo necesario recordar la tesis del insondable danés; la angustia es la categoría fundamental que define la relación del ser humano con el mundo; y, por ello:

Frente al abismo, si escucharas, te diría que sostengo la distinción entre relaciones directas o mutuas, relación yo-tú o diálogo, en las que cada persona confirma a la otra como valor único; y, las relaciones indirectas o utilitarias, yo-él o monólogo, en las que cada persona conoce y utiliza a los demás, pero no los ve ni los valora en realidad por sí mismos.

Frente al abismo, si escucharas, te expresaría que, aunque sé que lo sabes, te distingo como un tú y como un yo.

Frente al abismo, si escucharas, opinaría que la existencia precede a la esencia y que nuestra existencia se caracteriza por la nada, es decir, por la capacidad para negar y rebelarse. Que la elección es, por lo tanto, fundamental en la existencia humana y es ineludible; incluso la negativa a elegir implica ya una elección.

Frente al abismo, si escucharas, te manifestaría que la radical realidad de la existencia, es aquello que está más allá de la vivencia, con lo cual poder intentar penetrar en lo que permanece oculto.
La experiencia vivida, la vivencia, nos ha llevado a dudar de nosotros mismos, a perder ilusión.
El acontecer de nuestra existencia desemboca en el desarrollo de rígidos esquemas y contradicciones que nos conducen a la disgregación, a la angustia existencial, a no podernos enfrentar con la vida.
Hay que poder recuperar la realidad existencial rompiendo esos rígidos esquemas, esas contradicciones, lo que nos devolverá la capacidad de elección que nos permitirá experimentar la originalidad de nuestra existencia.

Frente al abismo, si escucharas, te juraría que, como los individuos somos libres de escoger nuestro propio camino, tenemos que aceptar el riesgo y la responsabilidad de seguir nuestro compromiso dondequiera que éste nos lleve.

Frente al abismo, si escucharas, señalaría que la angustia nos lleva a la confrontación con la nada y con la imposibilidad de encontrar una justificación última para la elección que tenemos que hacer.

Frente al abismo, si escucharas, expondría que la filosofía sistemática no sólo impone una falsa perspectiva de la existencia humana, sino que también, al explicar la vida en términos de necesidad lógica, se convierte en una manera de evitar la elección y la responsabilidad. Por ello sostengo que creamos nuestra propia naturaleza a través de la elección, que ha de hacerse sin el peso de normas universales y objetivas.
Como claramente lo expresó Kierkegaard en su Apostilla; el filósofo sistemático vacía su existencia de todo contenido concreto, reduciéndola a un abstracto y frío saber, preocupado sólo de sus esquemas: no se ama, no se obra; pero se sabe qué cosa es el amor, qué es lo ético, buscando cuál es el lugar que tales abstracciones ocupan en el sistema.

Frente al abismo, si escucharas, afirmaría que los problemas fundamentales de la existencia desafían una explicación racional y objetiva.

Si, a pesar de lo anterior, sigues frente al abismo decidiendo avanzar sin volver, escucha al menos mi última súplica; aplaza por unos instantes la marcha, deja que tome tu mano para, así juntos, precipitarnos.

martes 25 de agosto de 2009

Fuga.


Los unicornios están muriendo uno a uno, y no puedo hacer nada.
La ciudad y su violencia los matan y no lo soporto.
Rosario es hoy una ciudad violenta, pero no sólo en sus formas más conocidas, lo es hasta en los aspectos sutiles.
Una ciudad que se creyó industrial, pero que en realidad fue obrera, y hoy ni siquiera lo es, hoy no es nada.
Un grupo de artistas coterráneos triunfa en Buenos Aires y Rosario vive de sus glorias: “SON DE ACÁ” rezan los carteles. Cuando estuvieron ACÁ nadie los respetó ni alentó, al contrario, los expulsaron y hoy siguen haciendo lo mismo. Me dan asco burócratas culturales rosarinos.
La fuga es programada, por eso será real, no huyo despavorido y sin rumbo, no, estoy trazando el mapa, en cuanto lo tenga terminado; adiós y por favor olvídenme pronto; a la mayoría no les costará, pues ni siquiera saben quién soy.
No me busquen, pues pueden tener una sorpresa si logran encontrarme, si logran hacerlo en realidad en ese momento será cuando definitivamente me hayan perdido.
La ciudad tiene sus trampas y las utiliza, justo cuando estoy dibujando el mapa de la fuga, hace aparecer ante mí a la princesa buscada por muchos, muchos años.
La princesa no tiene la culpa, pero ya no soy el caballero andante, soy un despojo de aquel que muchas veces la buscó, a veces la encontró y todas la perdió.

Adiós a todos, traten de ser felices, pero recuerden que no hay fórmulas mágicas, creo que sólo se trata de amar y ser amado, pero como somos idiotas no nos damos cuenta y allí es cuando comienza nuestra perdición y allí es cuando matamos a los unicornios.

Solo tu, princesa, podrás encontrarme, pero claro, ya no seré yo quién te busque, tendrás que rescatarme. Si no lo haces no tendrás culpa alguna, hasta ahora ningún cuento de amor terminó al revés, este no tiene porque ser la excepción.

Adiós a todos.

A ti princesa, te esperaré hasta la eternidad, si es que existe.

martes 23 de junio de 2009

Soledad


Soledad, según algunas de las acepciones de un diccionario sería: “carencia de compañía”, “lugar desierto o tierra no habitada”, “pesar y melancolía que se siente por la ausencia de alguna persona o cosa”.
Según mi, quizás, escasa experiencia es una mezcla de las tres acepciones y –paradoja al fin- ninguna de ellas en forma individual o conjunta lo es.
Soledad es una dama incorpórea –no es una persona o una cosa- que está casi siempre acompañándome, que ocupa el vacío que otros llaman tierra desierta o no habitada que es mi alma y que al instante de manifestarse el tema único de conversación es el pesar y la melancolía más que por la ausencia de algo o de alguien por su propia presencia.
Melancolía, esa tristeza vaga y profunda que nos puedes llevar a la más cobarde y a la vez más valiente decisión.
Soledad es hoy.
Muchas veces me acompañó, pero no con esta intensidad, siempre estuvo jaqueada por los personajes de alguna de mis historias o por ese ser ausente en figura pero presente en mi mente y que me hacía conversar con ella pero teniendo por auditorio de nuestros diálogos a otro ser imaginario o no, pero siempre había alguien que la motivaba o la invocaba, en grados de dilución también he estado solo con mi mismo; pero esas eran soledades inexpertas y falibles, o la misma soledad pero aún niña o adolescente, no esta adulta de la cual les estoy hablando, infalible, segura de su victoria final.
Mis más cercanos coespecímenes no creen, en nada o en parte –no sé porque esta distinción siendo la parte causante de la nada- de lo que diga o haga. Soledad sabe que no miento, justo allí reside su poder, sabe que el único tú es ella, teniendo la exclusividad de estar dentro del diálogo y excluyendo a todos los demás, que justamente por ser eso “los otros” nunca son un tú o un vos sino un ellos o ellas. Ahora bien parecería como si hubiera algún tú al que le estoy escribiendo de ella, Soledad, entonces ella es la que está fuera del diálogo, las apariencias engañan, y una de las más utilizadas por vos para que no te reconozca cuando llegas es esta, la de parecer que hablo de ti y no contigo. Hoy estamos vos y yo, nadie más; ella, ellos o ellas estarán acompañados o creyendo estarlo, pero no están aquí, y me pregunto ¿serás una sola para todos o son tantas como seres hay en este mundo?, ya te lo pregunté muchas veces, nunca respondiste.
Soledad, no eres agradable, no te quiero, ni te amo, ni siquiera te puedo odiar; te padezco. La melancolía que me produces vacía mi alma y la convierte en una tierra desierta, donde ya ni siquiera existe la posibilidad de que seas inspirada por la ausencia de alguien, ya que sería una presencia ausente esa ausencia, no, Soledad, hoy has llegado a tu máximo esplendor, hoy me has vaciado de toda esperanza.

viernes 14 de marzo de 2008

Los Unicornios



La mayoría de los unicornios han muerto, lo sé.
Algunos quedan, muy, pero muy de vez en cuando los veo; y hay días en
que converso con ellos.
Me dicen que están muy enfermos, todos; que su enfermedad se llama
REALIDAD, y que los vehículos de tal enfermedad somos nosotros, los
humanos; todos nosotros.
¿Qué es LA REALIDAD?.
Un conjunto de reglas, órdenes y leyes preestablecidas por los asesinos
de unicornios.
Es, y lo afirmo, una invención, otra de las tantas ficciones que la
humanidad ha creado.
¿Cuál es la diferencia con las otras ficciones?.
Creen en ella la mayoría de las personas, están tan convencidas de la
no ficción de LA REALIDAD, que son capaces de matar y morir por ella.
Y nosotros, ¿qué?, nada.
Hacemos poco y la mayoría de las veces demostramos lo chapuceros que
somos.
Al no ser más que ficciones, existen varias realidades dentro de LA
REALIDAD, en algunas de ellas todavía viven algunos unicornios, en
otras habitan algunas utopías, y en las menos conviven humanos,
unicornios y utopías, (en general estas últimas solo se hallan en la
mente, es muy difícil transitar por ellas con nuestros limitados
sentidos).
Cuando queremos demostrar que una realidad con unicornios, utopías y
humanos es posible; ambición, envidia, odio, mediocridad y egoísmo nos
y los atacan; desazón, apatía, desconfianza e incredulidad; nos
invaden.
La lucha será cada día más ardua, los aliados serán cada vez menos;
pero si abandonamos no podremos rescatar a los pocos unicornios que aún
existen.
Y les aseguro, aún existen.

domingo 6 de enero de 2008

Servidumbre voluntaria

La Boëtie escribe su Discurso sobre la servidumbre voluntaria hacia 1548, cuando apenas contaba dieciocho años de edad. El manuscrito circuló ampliamente, pero fue impreso varios años después de la muerte de su autor. La Boëtie había confiado los ma­nuscritos de sus obras a Montaigne, y este los editó todos en París, en 1571; todos menos el Discurso, porque pensaba incluirlo en el libro I de los Ensayos que estaba escribiendo. Pero los calvinistas se le adelantaron y reali­zaron en 1574 una edición pirata par­cial, sin nombre de autor, con el título de Le Réveille matin des François. En 1576 realizan una segunda edición, esta vez completa y con el nombre del autor, bajo el título Contra Uno; el texto aparecía junto a otros, en una antología de libelos y panfletos com­pilados por un hugonote ginebrino y dados a la imprenta con el rótulo de Memoires des Estats de France sous Charles le Neuvièsme. Montaigne re­nuncia a su proyecto, y en su primera edición de los Ensayos (París, 1580) sustituye el Discurso por los Veinti­nueve sonetos del difunto Etienne de La Boëtie.
Desde diferentes pers­pectivas, Moro y Ma­quiavelo se dirigen al gobernante para indicarle cuál es la mejor forma de gobierno. Etienne de La Boëtie, en cambio, no se va a ocu­par del arte de gobernar, sino que se va a plantear el hecho bruto de que haya gobierno, Estado, poder político. Coincide con estos otros autores en su desinterés por «debatir tan trillada cuestión: a saber, si las otras formas de república son mejores que la monarquía». Como en el caso de Moro y de Maquiavelo, no se trata de anali­zar las diferentes formas de Estado, sino de reflexionar sobre la relación entre lo político y lo ético; pero esta reflexión ya no la va a hacer La Boëtie desde la perspectiva del gobernante. Lo que le preocupa no es averiguar si la política ha de supeditarse a la ético o si la ética ha de supeditarse a la política, y en función de ello cuál ha de ser la mejor forma de gobernar el Estado. Lo que le preocupa no es que unos Estados estén mejor o peor go­bernados que otros, sino el hecho mismo de que sean gobernados, el hecho de que unos hombres manden y otros obedezcan, es decir, el hecho bruto del poder.
«De momento —dice La Boëtie al comienzo de su Discurso—, quisiera tan sólo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciu­dades, tantas naciones, soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder que el que se le otorga». Y cuando La Boëtie dice “tira­no” se refiere, no lo olvidemos, a cualquier forma de gobierno: «Hay tres clases de tiranos: unos poseen el Reino gracias a una elección popular, otros a la fuerza de las armas y los demás al derecho de sucesión (...) Aquel que detenta el poder gracias al voto popular debería ser, a mi enten­der, más soportable y lo sería, creo, de no ser porque, a partir del mo­mento en que asume el poder, si­tuándose por encima de todos los demás, halagado por lo que se da en llamar grandeza, toma la firme reso­lución de no abandonarlo jamás. Acostumbra a considerar el poder que le ha sido confiado por el pueblo como un bien que debe transmitir a sus hi­jos. Ahora bien, a partir del momento en que él y sus hijos conciben esa idea funesta, es extraño comprobar cómo superan en vicios y crueldades a los demás tiranos. No ven mejor ma­nera de consolidar su nueva tiranía sino incrementando la servidumbre y haciendo desaparecer las ideas de libertad con tal violencia que, por más que el recuerdo sea reciente, pronto se desvanece por completo en la me­moria. Así pues, a decir verdad, veo claramente que hay entre ellos (entre los diversos tipos de tirano) alguna diferencia, pero no veo elección posi­ble entre ellos, pues, si bien llegan al trono por caminos distintos, su ma­nera de reinar es siempre aproxima­damente la misma». Creo que el texto no requiere comentario alguno. Habla por sí mismo, con una claridad y una actualidad sorprendentes.
En cuanto a la pregunta sobre el origen o la causa de la servidum­bre, La Boëtie va a rechazar las expli­caciones habituales según las cuales es el tirano el que impone su tiranía mediante la fuerza o la astucia, me­diante las armas o el engaño. Tampo­co se impone porque sea el más sabio, el más justo o el más valiente, y porque como tal haya sido elegido por sus conciudadanos, ya que «si se acostumbraran paulatinamente a obedecerle, y a confiar tanto en él como para concederle cierta supremacía, creo que sería preferible devol­verle al lugar donde hacía el bien que colocarlo allí donde es muy probable que haga el mal». El poder pervierte al hombre más justo; del poder no puede esperarse bien alguno; no cabe establecer diferencias entre el buen y el mal gobernante. No es, pues, del lado del gobernante de donde viene a nacer la servidumbre, La Boëtie re­chaza tanto la concepción maquiave­liana del príncipe como la concepción mooreana del jefe sabio. No es en el gobernante, sino en los gobernados, en donde hay que buscar la explica­ción. La servidumbre no les viene im­puesta a los hombres por la supremacía militar, intelectual o ética del ti­rano, sino que los hombres la eligen de forma voluntaria, la consienten deliberadamente. Ningún tirano, por muy poderoso, astuto o sabio que fuera, podría imponer su voluntad a cientos, a miles, a millones de hom­bres, si éstos no consistieran en so­meterse. «Son, pues, los propios pue­blos los que se dejan, o mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir, romperían sus cade­nas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que tenien­do la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo; el que consiente su mal, o peor aún, lo persigue». Son los hombres los que desprecian su propia libertad, porque si la desearan la ten­drían. Basta querer la libertad, basta dejar de servir, para que el poder del tirano se desmorone por sí solo, sin necesidad de derribarlo. Es esta servidumbre volunta­ria, tan sorprendente y sin embargo tan frecuente, tan enigmática y sin embargo tan cotidiana, la que La Boëtie se propone analizar. Su objeti­vo es descubrir «cómo se arraiga esa particular voluntad de servir que po­dría dejarnos suponer que, en efecto, el amor a la libertad no es un hecho natural». Este es el problema al que se enfrenta el autor: mostrar que la servidumbre no forma parte de la naturaleza humana, y que la libertad es en cambio un rasgo esencial de dicha naturaleza. Lo más interesante de esto es que La Boëtie no deriva la libertad de la identidad sino de la di­ferencia entre los hombres, no la funda en la igualdad natural sino en la natural desigualdad entre ellos. La desigualdad, nos dice, no conduce a la servidumbre sino a la amistad, al efecto fraternal, al reconocimiento mutuo de los que son y se sienten compañeros. Los hombres, en efecto, son naturalmente libres no porque sean naturalmente iguales sino por­que son naturalmente compañeros, hermanos, amigos. «Pero si hay algo claro y evidente para todos, si algo hay que nadie podrá negar, es que la naturaleza, ministro de Dios, bienhe­chora de la humanidad, nos ha con­formado a todos por igual y nos ha sacado de un mismo molde para que nos reconozcamos como compañeros, o, mejor dicho, como hermanos. Y, si, en el reparto que nos hizo de sus do­nes, prodigó alguna ventaja corporal o espiritual a unos más que a otros, jamás pudo querer ponernos en este mundo como en un campo acotado y no ha enviado aquí a los más fuertes ni a los más débiles. Debemos creer más bien que al hacer el reparto, a unos más, a otros menos, quería ha­cer brotar en los hombres el afecto fraternal y ponerlos en situación de practicarlo (...) ¿Cómo podríamos dudar que somos todos naturalmente libres, puesto que somos todos compañeros? Y ¿podría caber en la mente de nadie que, al darnos a todos la misma compañía, la naturaleza haya querido que algunos fueran esclavos? ». No hay, pues, fundamento natural para la servidumbre. ¿Qué es, entonces, lo que hace al hombre abandonar voluntariamente su condi­ción natural, renegar conscientemente de su libertad original? La Boëtie explora varias res­puestas. La primera de ellas es la educación, la costumbre: los hombres que han nacido bajo el yugo y que han sido educados en la sumisión se acostumbran fácilmente a ella y no añoran una libertad que nunca han conocido. De esta razón se deriva otra: acostumbrados a la servidum­bre, los hombres se debilitan y aco­bardan, y con ello se enfangan más en el sometimiento. Esto, dice La Boëtie, es algo que conocen perfec­tamente los tiranos; por eso compran la libertad del pueblo con juegos, pla­ceres y espectáculos; el pueblo se siente de este modo agradecido y sa­tisfecho, sin comprender que los bie­nes que se le dan son sólo una pe­queña parte de los bienes que pre­viamente se le han quitado. Además de estas dos razones, juega también un papel importante la fascinación que los tiranos suelen ejercer sobre el pueblo, encubriendo su poder en una aureola de buenas intenciones, en un decorado de bellas palabras (como “bien público” y “bienestar de todos”), e incluso en una deslumbrante nube de misterio y divinidad. Muchos tira­nos de la Antigüedad «iban con la religión por delante, a modo de escu­do, y, de ser posible, se adjudicaban algún rasgo divino para dar mayor autoridad a sus viles actos». Y lo mismo hacen los tiranos modernos, añade La Boëtie. Pero todas estas razones son, en cualquier caso, insuficientes. Ni la costumbre ni las astucias del tirano (que compra la libertad del pueblo con los bienes que previamente le ha robado, o que le fascina con su aparien­cia de esplendor, de omnipotencia y de misterio) pueden llegar a explicar el carácter voluntario de la servidum­bre. Explican, en todo caso, el some­timiento de los débiles y de los necios. Por eso La Boëtie da un paso más y enuncia al fin el auténtico secreto de la dominación: «Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía. El que creyera que son los alabarderos y la vigilancia armada los que sostienen a los tiranos, se equivocaría bastante (...) Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tirano. Cuesta creerlo, pero es cierto. Son cuatro o cinco los que sostienen al tirano, cuatro o cinco los que imponen por él la servidumbre en toda la na­ción. Siempre han sido cinco o seis los confidentes del tirano, los que se acercan a él por su propia voluntad, o son llamados por él, para convertirse en cómplices de sus crueldades, com­pañeros de sus placeres, rufianes de sus voluptuosidades, y los que se re­parten el botín de sus pillajes (...) Estos seis tienen a seiscientos hom­bres bajo su poder (...) Estos seis­cientos tienen bajo su poder a seis mil, a quienes sitúan en cargos de cierta importancia, a quienes otorgan el gobierno de las provincias, o de la administración del tesoro público, con el fin de favorecer su avaricia y su crueldad (...) Extensa es la serie de aquellos que siguen a éstos. El que quiera entretenerse devanando esta red, verá que no son seis mil sino cien mil, millones los que tienen sujeto al tirano y los que conforman entre ellos una cadena ininterrumpida que se remonta hasta él (...) En suma, se llega así a que, gracias a la concesión de favores, a las ganancias, o ganan­cias compartidas con los tiranos, al fin hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la libertad sería deseable (...) No es que no padezcan ellos mismos de la opresión del tirano, sino que esos malditos por Dios y por los hom­bres se limitan a soportar el mal, no para devolverlo a quien se lo causa a ellos, sino para hacerlo a los que pa­decen como ellos y no pueden hacer nada». He aquí, pues, el secreto de la tiranía: el tirano se mantiene porque toda una red de pequeños tiranos le apoyan y a la vez se apoyan en él. Con esa red o cadena ininterrumpida de ministros, jueces, recaudadores, gobernadores, intendentes, concejales, etc., La Boëtie no está haciendo sino describir la naciente maquinaria del Estado Moderno. Lo que sostiene al monarca absoluto es esa compleja maquinaria de hombres dispuestos a obedecerle y a mandar en su nombre. Por eso, «al fin hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la libertad sería deseable». En efecto, todo el que obedece es porque espera obtener algún beneficio de ello, porque espera poder ejercer a cambio un dominio absoluto sobre una determinada parcela de lo social, sobre un determinado grupo de hom­bres. No hay, pues, un tirano y frente a él la masa indiferenciada del pueblo, sino que hay una escisión entre el grupo de los dominadores y el grupo de los dominados, entre aquellos que sostienen al tirano activamente, por su propio provecho, y aquellos que lo soportan y lo padecen sin beneficio alguno. Los dominados son el límite de la cadena, el punto extremo sobre el que ejerce su poder la red de los dominadores, el conjunto de todos aquellos hombres que no tienen a su cargo nadie a quien tiranizar, y que tampoco aspiran a ello. Son, por tan­to, los únicos que no mantienen acti­vamente la tiranía. Son, por ello mismo, los más libres y los más dichosos, aunque esto pueda parecer paradóji­co: «Las gentes del campo, a quienes pisotean y tratan peor que a presidiarios o esclavos, son, no obstante, más felices y más libres que ellos. El labrador y el artesano, por muy someti­dos que estén, quedan en paces al hacer lo que se les manda, mientras que el tirano ve a los que le rodean acechar y mendigar sus favores». Los dominadores no se limitan a obedecer al tirano sino que deben anticiparse y doblegarse a todos sus deseos, «sacrificar sus gustos al suyo, anular su personalidad, despojarse de su propia naturaleza, estar atentos a sus palabras, a su voz, a sus señales y a sus guiños, no tener ojos, pies ni manos como no sea para adivinar sus más recónditos deseos, o sus más secretos pensamientos. ¿Es esto vivir feliz? ». Y todo para obtener bienes, favores, privilegios, «sin recordar que ellos mismos son los que brindan al tirano el poder de quitarlo todo a todos y de negar a todos la posibilidad de tener algo que sea suyo». En efecto, releyendo las historias de la Antigüedad se puede comprobar «cu­án numerosos son los que, tras ha­berse ganado con malas artes la con­fianza del príncipe, ya sea fomentan­do su maldad, ya sea abusando de su simpleza, acabaron aplastados por ese mismo príncipe. Cuanto más fácil fue su ascensión en los favores del tirano, menos sabiduría tuvieron en conservarlos. De la cantidad de gente que siempre ha frecuentado la corte de los malos reyes, pocos, o ninguno, han podido eludir al fin la crueldad del tirano al que antes habían azuzado contra los demás. En la mayoría de los casos, tras haberse enriquecido a la sombra de sus favores y a costa de otros, terminan ellos mismos por en­riquecer a otros». Pero esto mismo hace que el propio tirano esté a mer­ced de sus allegados: «He aquí por qué la mayoría de los tiranos de la Antigüedad solían morir por manos de sus propios favoritos, quienes, tras conocer la naturaleza de la tiranía, no se sentían seguros de los caprichos del tirano y temían su poder».
Llegamos así al punto en el que lo político y lo ético muestran su irreductibilidad. La lógica del poder es contraria a la lógica de la libertad, la complicidad de los dominadores es contraria al compañerismo de los que se sienten iguales, hermanos, amigos. Y no cabe mediación alguna entre ambos tipos de relación social. «Esta es la razón por la que un tirano jamás es amado, ni ama él mismo jamás. La amistad es algo sagrado, no se da sino entre gentes de bien que se estiman mutuamente, no se mantiene tan sólo mediante favores, sino tam­bién mediante la lealtad y una vida virtuosa. Lo que hace que un amigo esté seguro del otro es el conoci­miento de su integridad. Tiene como garantía de ello la naturaleza de su carácter amable, su confianza y su constancia. No puede haber amistad donde hay crueldad, deslealtad, in­justicia. Cuando se juntan los malos, siempre hay conspiraciones, jamás una asociación amistosa. No se aman, se temen; no son amigos, sino cóm­plices (...) Sería difícil encontrar en la vida de un tirano una sólida amistad, ya que, al estar por encima de todos y no tener iguales, se sitúa más allá de los límites de la amistad, que sólo se da en la más perfecta equidad, cuya evolución es siempre igual y en la que nada se enturbia». Contrastando con la dulzura de la amistad y el gozo de la libertad, el texto de La Boëtie termina describiendo la ingrata vida de quienes renuncian a ser libres y a tener amigos por obtener los vanos y efímeros goces de la tiranía.
He aquí que la propuesta de La Boëtie consista en mantener los lazos de amistad e incrementarlos con los que comparten la misma opresión del tirano; un pueblo de amigos haría que la tiranía cayera por su propia corrupción, claro que esos amigos para serlo no deberían obedecer ninguna orden emanada del sistema, es decir se plantea aquí la desobediencia civil como eficaz antídoto contra el veneno de lo tiranos, recordando que tiranía es cualquier manifestación del poder.

martes 18 de diciembre de 2007

Giordano Bruno


Giordano Bruno

“Me doy cuenta muy bien de que caeré en tierra muerto; pero ¿cuál vida puede igualar a esta muerte mía?” Tansillo.

Giordano Bruno (1548-1600), filósofo y poeta renacentista italiano, y fundamentalmente el Heraldo de la libertad de expresión del renacimiento; con proyección hacia cualquier época posterior. Había nacido Bruno en Nola, cerca de Nápoles. Su nombre era Felipe, pero adoptó el de Giordano al ingresar en la Orden de Predicadores (Dominicos); con estos frailes estudió la filosofía aristotélica y la teología tomista. Pensador independiente de espíritu inquieto “atormentado” lo considerarán muchos, abandonó la orden en 1576 para evitar un juicio en el que se le acusaba de desviaciones doctrinales e inició una vida errante que le caracterizaría hasta el final de sus días.

Vivió en Génova, Toulouse, París y Londres, donde residió dos años, desde 1583 hasta 1585, bajo la protección del embajador francés, Miguel de Castelnau. Fue el periodo más productivo de su vida ya que durante estos años escribió “La cena de las cenizas” (1584) y “Del Universo infinito y los mundos” (1584), así como el diálogo “Sobre la causa, el principio y el uno” (1584). En otro poético diálogo, “Gli eroici furori” (“Los furores heroicos”, 1585), realza una especie de amor platónico que lleva al alma hacia Dios a través de la sabiduría.

En 1585 Bruno volvió a París, y viajó después a Marburgo, Wittenberg, Praga, Helmstedt y Frankfurt, donde pudo arreglárselas para imprimir la mayor parte de sus obras. Por invitación del noble veneciano, Giovanni Moncenigo, que se erigió en su tutor y valedor privado, Bruno volvió a Italia. En 1592, sin embargo, Moncenigo, traicionándolo al no obtener lo que quería de Bruno (una revelación mágica para ser sabio en un instante, promesa que Bruno nunca le hizo), denunció a Bruno ante la Inquisición que le acusó de herejía. Fue llevado en un primer momento ante las autoridades vénetas, quienes podrían haber cerrado el caso sin consecuencias tan terribles para Bruno, pero ante los pedidos insistentes del Papa, es entregado a las autoridades romanas y encarcelado durante más de ocho años mientras se preparaba un proceso donde se le acusaba de blasfemo, de conducta inmoral y de hereje. Bruno se negó a retractarse y en consecuencia fue quemado en una pira levantada en Campo dei Fiori el 17 de febrero del año 1600. En el siglo XIX se erigió una estatua dedicada a la libertad de pensamiento en el lugar donde tuvo lugar el martirio.

Las teorías filosóficas de Bruno combinan y mezclan un místico neoplatonismo sin acarrear para Bruno la división dualista planteada por estos; y el panteísmo. Postuló el universo infinito, que Dios es el alma del universo y que las cosas materiales son las manifestaciones de un único principio infinito. Es decir que la suma potencia activa (infinita) no existiría sin la suma potencia pasiva (infinita), siendo no contrarios opuestos, sino necesarios, por ser en realidad uno solo, es decir, la potencia activa infinita (Dios) se despliega en la potencia infinita pasiva (la naturaleza), siendo una y la misma cosa. “Dios y la Naturaleza son una y la misma cosa”. Esta postulación invalida cualquier pensamiento trascendental y fija como lo único existente lo inmanente; y no sólo esto sino que esta inmanencia no es contemplativa o pasiva, sino que está en infinita consecución, nunca acabada, siempre en acto, en “de los heroicos furores” podemos leer: “...puesto que la felicidad de los dioses está descrita como producida por el beber y no por el haber bebido el néctar... Tienen la saciedad como un movimiento y aprehensión, y no como en quietud y comprensión; no están hartos sin apetito, ni tienen apetito sin estar, en cierto modo, hartos”.
Su pensamiento puede ser considerado como un sistema filosófico propio, ya que aunque encontremos rasgos de diversos sistemas filosóficos (en especial el neoplatonismo), las conclusiones a las que llega y las consecuencias de su reformulación no corresponden a ningún antecesor, es más, él es el antecesor de muchos sistemas que serán planteados en el futuro, es considerado, con acierto, un precursor de la filosofía moderna por su influencia en las doctrinas del filósofo holandés Baruch Spinoza y por su anticipación del monismo del siglo XVII.

Fragmentos:

Sobre la causa, el principio y el uno (fragmento) " Todo este orbe, esta estrella, no estando sujeta a la muerte, y siendo imposibles la disolución y la aniquilación en la Naturaleza, de tanto en tanto se renueva a sí mismo cambiando y alterando todas sus partes. No hay un arriba o abajo absolutos, como enseñó Aristóteles; ninguna posición absoluta en el espacio; sino que la posición de un cuerpo es relativa a las de los otros cuerpos. En todos lados hay un incesante cambio relativo de posición a través del universo, y el observador siempre está en el centro. " El Candelero (fragmento) " Contempla en la vela que lleva este candelero, a quien doy a luz, aquello que clarificará ciertas sombras de ideas... No hace falta que te instruya en mi creencia. El tiempo todo lo da y todo lo quita; todo cambia pero nada perece. Uno solo es inmutable, eterno y dura para siempre, uno y el mismo consigo mismo. Con esta filosofía mi espíritu crece, mi mente se expande. Por ello, no importa cuán oscura sea la noche, espero el alba, y aquéllos que viven en el día esperan la noche. Por tanto, regocíjate, y mantente íntegro, si puedes, y devuelve amor por amor. "

Extracto de la dedicatoria de la obra “160 artículos contra matemáticos”
“Nunca debe valer como argumento la autoridad de cualquier hombre, por excelente e ilustre que sea... Es sumamente injusto plegar el propio sentimiento a una reverencia sumisa hacia otros; es digno de mercenarios o esclavos y contrario a la dignidad de la libertad humana sujetarse y someterse; es suma estupidez creer por costumbre inveterada; es cosa irracional conformarse con una opinión a causa del número de los que la tienen... Hay que buscar en cambio siempre una razón verdadera y necesaria... y escuchar la voz de la naturaleza”